Los padres sentimos pánico ante una posible rabieta de nuestros hijos. Eso es así. Reacciones extremas que pueden darse en cualquier momento, y peor aun, en cualquier lugar.

Los niños sienten frustración ante cosas que aparentemente para nosotros no tienen más misterio que una simple negación ante una petición, pero ellos no saben canalizar ese sentimiento y explotan quedando fuera de control.

Una rabieta es un estado de pánico para ellos, por lo que lo que debemos hacer (que de antemano os decimos que no es nada fácil) es tratar de mantener la calma. Siempre decimos que los niños son pequeñas esponjas que absorben todo, y esto no se limita a palabras nuevas o juegos, también hacen suyo nuestro estado.

Si ante un episodio de rabietas nos mostramos alterados, ellos lo percibirán y será más complicado tranquilizarles. Por ello es necesario mantener la calma y no perder los nervios. Ellos están fuera de control, muertos de miedo y no son capaces de asimilar lo que está ocurriendo, así que debemos ayudarles a que dominen la situación.

Lo principal es tratar de mantener su seguridad, que no puedan hacerse daño con nada que tengan alrededor, y que tampoco puedan dañar a terceros.

Puedes tratar de calmarle tratando de “placar” su ira, pero en muchos casos, las limitaciones de movimiento pueden ponerles aun más nerviosos.

Anticípale, con un tono calmado, lo que va a ocurrir. Si por ejemplo la rabieta surge en un supermercado, no trates de amedrentarle con amenazas o con gritos. Si la gente te mira, ¡que miren!. Probablemente pienses que los demás te están juzgando, pero seguramente lo que hay detrás es simple comprensión. Cualquier padre habrá pasado por un momento similar y sabrá por lo que es, y si no es el caso, que la opinión de los demás sea el último de tus problemas. Tu hijo está muerto de miedo y debes centrarte en el. Explícale que no pasa nada, que todo está bien, que vas a irte a la cola para pagar y volver a casa, y que debe tranquilizarse para no quedarse allí solito. Aléjate unos pasos, que vea que vas en serio, y sin perderle de vista, trata de que comprenda que no hay opción, que debe ir contigo.

Un espectáculo, sin público, es menos espectáculo. Puede ser que, si es una simple pataleta que usa como chantaje, baste con no hacerle caso. Si estáis en casa vete a otra habitación, y si estás en un sitio público explícale que así no se hacen las cosas, que entienda que no le servirá de nada, y date la vuelta.

No flaquees Quizá todo haya explotado porque te ha pedido jugar un ratito más y tu le has dicho que no. A toro pasado, seguro que piensas que no era tan mala idea haberle complacido, pero ya le has dicho que no, y esa decisión la tienes que mantener hasta el final, o si no el entenderá que cada vez que quiere salirse con la suya, montar un espectáculo le sirve para lograrlo. Es fundamental que no haya un poli bueno y poli malo, ambos papás debéis estar en la misma onda y reaccionar al unísono ante el.

Sigue con el plan establecido. De igual modo que no podemos ceder ante una rabieta, no debemos cambiar los planes que teníamos hasta el segundo anterior a producirse. Si antes de que ocurriera tocaba cenar, en cuanto pase, cenáis. Si ibais a ir al parque o a por chuches, es cuanto se tranquilice debéis continuar con la idea. Debéis tratarlos como hechos aislados, con un principio y un fin, y no hay que premiar ni castigar tras el suceso, simplemente hay que continuar con la rutina normal.

Recuerdo que a mi me explicaron como reaccionar ante ellas ya en las clases de preparación al parto ¡que precavidos, ya me iban alertando!. Las rabietas, en mayor o menor medida, se dan en niños entre los dos y los cuatro años, y por desgracia, no queda otra que afrontarlas lo mejor posible y con nervios de acero para no acabar también nosotros pataleando por el suelo.

¿Has vivido una rabieta con tus hijos? ¿Cómo has reaccionado? ¡Cuéntanos tus experiencias, pueden ayudar a otros padres y madres en la misma situación!